A 25 años del 11 de septiembre de 2001: el fin de la historia pospuesto y la crisis de la democracia ante la emergencia del terrorismo global.
“Entre el fin y el principio.”Daverio Valentina Victoria.
- Introducción.
“El fin de la historia se ha pospuesto.”
Los atentados al complejo económico World Trade Center del 11 de septiembre de 2001, no significaron sólo la destrucción y tragedia en Nueva York, sino también, marcaron un punto de inflexión en la política internacional contemporánea, estableciendo un fin al período unipolar caracterizado por la pax americana tras la disolución de la Unión Soviética en 1991.
A partir de aquel shock, los enemigos dejaron de ser los estados, ya que surgió un nuevo actor social, el terrorismo global marcado por una radicalización de la religión islámica, que configuró las agendas de seguridad, securitizó la política, profundizó los procesos de exclusión en las democracias occidentales y propició al advenimiento del neoconservadurismo.
Para comprender esta transformación, es necesario retroceder varias décadas, ya que, las raíces del fenómeno se encuentran en los cambios políticos y geoestratégicos de Medio Oriente desde 1970. La revolución iraní de 1979 liderada por el Ayatollah Jomeini, la invasión soviética en Afganistán en 1979 y el posterior apoyo de Estados Unidos a los grupos extremistas de los muyahidines, y su intervención en Arabia Saudita que contribuyó al enfrentamiento con Bin Laden tras la guerra del golfo, propició un sentimiento en común entre los musulmanes: el odio a Estados Unidos y la yihad como venganza a Occidente.
El mundo en la década de 1990 estuvo caracterizado por el final del orden bipolar y el “triunfo” de Estados Unidos a partir de la expansión del Consenso de Washington, a mediados de 1990, surgió la “Tercera Vía”, un movimiento que pretendía la unidad entre la socialdemocracia y el neoliberalismo (Bejar, 2011), a partir de aquí, esta nueva “socialdemocracia neoliberalizada” comenzó a centrarse en las libertades políticas y civiles dentro del primer mundo, mientras que en la región de Medio Oriente las guerras y las crisis comenzaron a extenderse. Tras estos sucesos, un nuevo enemigo se gestaba en las antípodas del sistema legal, surgiendo grandes grupos de personas que ya no clamaban por cambios revolucionarios, sino por el establecimiento de un Estado donde prime el Corán como guía.
Estados Unidos había derrotado a su principal enemigo, pero cosechando a otro, Harari afirmaba en su libro “21 lecciones para el siglo XXI” el fin de la historia se ha pospuesto, las sociedades comenzaron a radicalizarse y a enemistarse, el problema principal, era el choque de civilizaciones completamente diferentes (Huntington, 1996). A partir de los atentados del 11 de septiembre, las democracias de Occidente comenzaron a aislarse y a desconfiar del orden neoliberal globalizado que ellos mismos buscaron expandir (Przeworski, 2022). El mundo cada vez veía a la desigualdad generada por el Consenso de Washington como una amenaza, y un problema que necesitaba ser derrotado.
- Contexto histórico. Cambios y continuidades.
“La nueva cara del enemigo.”
El orden bipolar, marcado por la división mundial entre el este socialista (marxista-leninista) y el oeste capitalista (democrático y liberal) a partir de 1945 hasta la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), tuvo su punto cúlmine el 26 de diciembre de 1991 con la disolución formal del país (Hobsbawm, 1998). No obstante, la aparición prematura de un nuevo enemigo y la ampliación de los actores internacionales, surgieron a partir de la revolución iraní de 1979, dando inicio a una serie de manifestaciones masivas que culminaron con la destitución del Sha y de la monarquía Pahlavi. Este proceso marcó una ruptura en las relaciones internacionales dando inicio a un nuevo posicionamiento ideológico: el islam político (Traverso, 2017).
Esta serie de sucesos marcaron el fin del orden imperante, sin embargo, la historia, ¿tiene un fin? Francis Fukuyama en su tesis “el fin de la historia” alegaba que el triunfo del capitalismo implicaría una especie de pax americana y un control mundial por parte de Estados Unidos, ya no solo en Occidente, sino también en Oriente.
La historia demostró que no tiene un fin sino cambios y continuidades. La caída de la URSS implicó un cambio estructural, dando espacio a un período de transición intersistémica caracterizado por la victoria norteamericana (Dallanegra Pedraza, 2007), en contraste, las continuidades radican en la constancia de las injerencias de Estados Unidos, incluso, la ampliación de las mismas a través del discurso de la globalización, excusándose de disipar las fronteras entre los países instalando mediante los flujos financieros el libre mercado. Este contexto propició la aparición del neoliberalismo durante la década de 1990 que legitimaba este discurso globalizador y globalizante. Sin embargo, este discurso fue causal de las grandes desigualdades sociales y económicas entre el norte y el sur global, generando nuevas formas de disidencias que luego se manifestaron en la década de los 2000 (Przeworski, 2022; Busso, 2002).
Estas injerencias pueden observarse en múltiples procesos que configuraron el equilibrio regional. Por un lado, el establecimiento de las petromonarquías en Medio Oriente (Arabia Saudita, Kuwait, Qatar, etcétera) que reforzó la presencia estadounidense en la zona. Por otro, la posterior guerra del Golfo en 1991 tras la invasión de Irak a Kuwait, que dejó al gobierno de Saddam Hussein al borde del colapso a través de la implantación de sanciones económicas que dificultaron su crecimiento. A esto se le sumó el fracaso de los acuerdos de Camp David establecidos en 1978, culminando con la creación de Hamas en 1987, una fuerza terrorista islámica que busca la liberación palestina a través de las primeras intifadas ocurridas entre 1987 y 1993 y las segundas intifadas entre los años 2000 y 2005 (Béjar, 2011).
Paralelamente, Siria experimentó un nuevo alineamiento bajo el flamante gobierno chií de Hafez Al-Assad, mientras que la creación de Hezbollah en 1982 consolidó una nueva organización terrorista chií en el Líbano. Finalmente, la guerra de Afganistán (1979-1989), representó otro punto de inflexión, los muyahidines derrocaron al gobierno soviético con financiación norteamericana, inaugurando una República islámica posteriormente (Zelaya, 2018). Este proceso derivó en la invasión estadounidense de 2001, donde se despojó a los talibanes del poder tras el atentado al World Trade Center (Derghougassian en Bosoer, 2002).
Estos nuevos contextos en Medio Oriente, junto con la globalización de los flujos financieros y las tensiones culturales a partir del “Choque de Civilizaciones” entre Oriente y Occidente generaron un escenario propicio para el desencadenamiento en la formación de nuevos grupos terroristas en los Estados árabes (Huntington, 1996).
La acumulación de crisis políticas y sociales debilitó la matriz estadocéntrica en la región. Ese vacío de poder, propició la aparición de estos nuevos actores internacionales capaces de incidir en el sistema internacional, pese a carecer de elementos básicos del Estado -territorio, población, poder- (Musso, 2021; Busso, 2002). Un nuevo tablero político nacía, determinando un cambio de época, pasando del orden internacional al orden global, donde las fronteras entre lo político, lo militar y lo económico se tornaron difusas.
- El 11 de septiembre como quiebre del orden político.
La década de 1990 estuvo marcada por la influencia de la expansión del neoliberalismo global, y la búsqueda de una “Tercera Vía” que intentó compatibilizar el mercado y la socialdemocracia. La difusión de las políticas del Consenso de Washington, basadas en la apertura comercial, la desregulación y la privatización, en concordancia con las ideas de democracia y multilateralismo, profundizaron las desigualdades globales (Béjar, 2011). En este contexto, los estados del Tercer mundo perdían capacidad de intervención, mientras que las empresas multinacionales comenzaban a adquirir los recursos naturales en esos países. Estas dinámicas fomentaron un caldo de cultivo para la expansión de la guerra santa, la violencia y la necesidad de “justicia” reivindicada por estos nuevos movimientos extremistas (Busso, 2002).
Tras la Guerra del Golfo (1991) y en paralelo con la consolidación del régimen teocrático en Irán, la administración de Bill Clinton en 1998 popularizó el término Estados canallas, utilizado para designar a los estados “enemigos” de la seguridad estadounidense. La construcción de este precepto teórico evidenció las limitaciones de la pax americana a pesar de los múltiples intentos de cooperación global (Roca, 2021).
Este nuevo panorama internacional, vislumbraba una crisis de representación global, los estados de Oriente comenzaron a perder capacidad de control, ya que el poder efectivo se radicaba en los “señores de la guerra”. A su vez, Estados Unidos promovía el “multilateralismo” y la búsqueda de “diálogo”, mientras que, los grupos radicales islámicos (Al-Qaeda, Hezbollah, Hamas, etc) acusaban a Washington de financiar el debilitamiento, alegando a que la potencia, financiaba “su decadencia” para fortalecer a Israel dentro de la zona (Bejar, 2011).
Hacia finales de la década de 1980, bajo el liderazgo de Osama Bin Laden, Al-Qaeda comenzó a consolidarse bajo las sombras como un movimiento transnacional islámico radicalizado, que rechazaba las injerencias estadounidenses y el orden capitalista global. En 1996, este movimiento dio a luz la Declaración de la yihad, en la que convocaba a la unidad de los musulmanes frente a Occidente (Béjar, 2011; Kreibohm desde Bosoer, 2002). Su estrategia principal era generar un miedo colectivo mundial, mediante la imposición del terror generando atentados en Occidente -sobre todo en Estados Unidos, además de atentados a sus embajadas (por ejemplo, en 1998 en Kenia)- dejando un numeroso saldo de muertes y una gran incertidumbre respecto al nuevo tipo de amenaza global. El mensaje era claro, el resurgimiento de la hermandad musulmana y la necesidad de creación de un orden estatal islámico, basado en el Corán y en la Sharía como principal fuente del derecho y rector en la política.
El concepto analítico sobre el terrorismo como una “estrategia de relación basada en el uso de la violencia de un grupo organizado con la finalidad de inducir un sentimiento de terror” de Rafael Calduch Cervera (citado en Kreibohm desde Bosoer, 2002) comenzó a modificarse progresivamente, vinculandose deliberadamente al término con el islam, siendo los atentados al World Trade Center un punto y aparte en la terminología del terrorismo.
La mañana del 11 de septiembre de 2001, diecinueve miembros de la organización Al-Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales que se dirigían a Los Ángeles desde Boston. Dos de esos vuelos fueron desviados a Nueva York, a las 8:46 de la mañana, el vuelo 11 impactó con la Torre Norte del World Trade Center, mientras que a las 9:03, el vuelo 175 se estrelló con la Torre Sur. Este atentado causó aproximadamente 3000 muertes, y miles de heridos, además de la destrucción parcial del financial district de la ciudad de Nueva York. A partir de ese entonces, el terrorismo global adquirió gran importancia en los temas de seguridad internacional.
Este hito simbolizó la instalación del miedo como política (Przeworski, 2022), y reforzó la creencia de que la securitización (con fuertes rasgos xenófobos) constituiría el antídoto de un nuevo mal insurgente. En este contexto, la “Cuarta Ola” del terrorismo asociada con la religión difundida por los discursos mediáticos, ignora completamente los incentivos de la instalación del terror, es decir, las condiciones sociales del mundo musulman que engendraron resentimientos afianzando su necesidad de venganza (Derghougassian desde Bosoer, 2002). No obstante, como advierte Traverso, “en vez de ver el islamismo político como una religión política, habría que verlo como una religión politizada. No es una ideología que quiere reemplazar a la religión, sino una religión que se politiza en un sentido reaccionario.” (2017, Pág. 147).
Tras los atentados del 11 de septiembre, el advenimiento del neoconservadurismo en Estados Unidos, afianzó la narrativa que demonizaba las identidades diversas, bajo la dicotomía de “civilización” versus la “incivilización”, potenciando la idea de superioridad moral ante las diferencias religiosas, invocando a la exclusión y marginación social (Przeworski, 2022). Estas alegaciones se institucionalizaron mediante la Doctrina Bush y la sanción de la ley patriótica, ampliando la visión de Samuel Huntington de que el islam “tiene fronteras sangrientas” (1996. Pág, 249).
No obstante, la crisis de la democracia liberal, acentuada a partir de la inseguridad colectiva generada por este suceso trágico, no sólo era visible en Estados Unidos sino también repercutió a nivel global. El orden multilateral del neoliberalismo evidenció su agotamiento aquel 11 de septiembre de 2001, cuando la política del miedo y la desconfianza reemplazaron a la armonía democrática occidental (Przeworski, 2022). Ese mismo día, el presidente George W. Bush declaró la “guerra al terrorismo” marcando el inicio de una nueva doctrina geopolítica, que redefiniría las prioridades de seguridad internacional.
- La “guerra contra el terrorismo” y la doctrina Bush como endurecimiento de la democracia.
“El ataque tuvo lugar en suelo estadounidense, pero fue un ataque al corazón y al alma del mundo civilizado.” George W. Bush.
Este golpe físico y simbólico al corazón del sistema financiero a nivel global, marcó una profunda inflexión en la política interna y externa de Estados Unidos. Como respuesta al hecho traumático, el país norteamericano comenzó un proceso de aislamiento transformándose hacia el “unilateralismo” fundamentado en la noción de “seguridad y defensa nacional”. A nivel social, se consolidó un sentimiento de orgullo nacional en conjunto de un incremento del miedo y el rechazo indiscriminado a las poblaciones originarias de Medio Oriente (Kandel en Instituto Montaigne, 2021; Roca, s.f). En consecuencia, la política exterior estadounidense, se configuró hacia una posición más hostil e intervencionista, vinculada al resurgimiento de la ideología neoconservadora (Traverso, 2017).
En este clima de inseguridad, la democracia estadounidense experimentó una coalición bipartidista, un efecto llamado rally round the flag. Sin embargo, esta cohesión convivió con el avance de las ideologías extremistas basadas en la exclusión y segregación social, y su transformación en la norma, la cuestión de la migración y su limitación se fue convirtiendo en un esquema de gobierno (Przeworski, 2022).
El discurso pronunciado por George W. Bush nueve días después del atentado al complejo de World Trade Center, reflejó una clara polarización en sus dichos -this is a declaration of war, we are a peaceful nation, but there's no place for neutral ones, either you are with us, or you are against us- . El abierto unilateralismo explayado por el presidente, hace referencia a la nueva posición de Estados Unidos como “gendarme” planetario, alegando a la utilización de la violencia como forma de venganza en contra de los Estados cómplices del atentado:
Estados Unidos libra una guerra contra el terrorismo a nivel mundial. El enemigo no es un régimen político, una persona, una religión ni una ideología en particular. El enemigo es el terrorismo: violencia premeditada y con motivaciones políticas perpetrada contra inocentes. (White House archives, George W. Bush, 2001)
Este mensaje bélico pronunciado por el presidente norteamericano, no solo expresó la reacción inmediata de Estados Unidos respecto al suceso, sino además, implicó una declaración de guerra, dirigida ya no contra un Estado en concreto, sino contra un nuevo actor transnacional que carecía los medios estatales, pero que representaba una gran amenaza para la seguridad (Kandel en Instituto Montaigne, 2021). La formulación de este nuevo enemigo, inauguró un nuevo marco estratégico que legitimó el uso ampliado de la fuerza en nombre de la defensa nacional.
La Ley patriótica aprobada apenas cuarenta y cinco días después del ataque al complejo económico, profundizó este giro securitario. Si bien se presentó como una ley antiterrorista, la normativa amplió a la flexibilización del uso indiscriminado de la violencia, tanto a nivel interno como externo, ya que aumentaba los niveles de control sobre los extranjeros e incrementaba los controles identitarios en las oficinas migratorias, además de habilitar las detenciones sin un juicio previo. Esta ley se instaló como un sistema excepcional, sin embargo terminó institucionalizandose, la finalidad era clara, la mantención de una ciudadanía vigilada y la exclusión al extranjero (Espino, 2014). Estos nuevos preceptos legales, permitieron evidenciar una crisis de la representación global, respecto al vacío de un enemigo “tradicional” ante el moribundo orden neoliberal, donde los partidos políticos en Estados Unidos se unieron -temporalmente- ante una percepción compartida de inseguridad nacional. En este clima, se vislumbró la crisis de las instituciones ante la emergencia de un nuevo actor a nivel internacional, polarizando las políticas exteriores, y adecuando al principio rector explayado por Bush “o es con ellos, o es con nosotros” (Przeworski, 2022).
Sin embargo, la Doctrina Bush, no sólo actuó de manera interna, sino que se proyectó al exterior -de manera arbitraria- la “guerra contra el terrorismo”. La invasión a Afganistán en 2001 y posteriormente a Irak en 2003, se justificaron bajo la premisa de combatir al terrorismo global y de frenar la supuesta posesión de armas químicas por parte del gobierno iraquí de Saddam Hussein, estos argumentos buscaban legitimar la intervención militar en nombre de la seguridad internacional, introduciendo la noción de “ataque preventivo” y la reinterpretación del artículo 51 de la Carta de Naciones Unidas, que buscó reformar el Capítulo VII legitimando las intervenciones militares sin autorización previa del Consejo de Seguridad. Estos hechos plasmaron el viraje decisivo hacia un unilateralismo intervencionista.
La aplicación de la Doctrina Bush se materializó el 7 de octubre del 2001 a través de la Invasión de Afganistán. Estados Unidos en conjunto con sus aliados de la OTAN, activaron el artículo 5 del Tratado de Washington, donde permitía que los países miembros defendieran al aliado atacado. Bajo este marco, la “Operación Libertad Duradera” desplegó las fuerzas militares con el objetivo principal de la destitución del régimen talibán del gobierno de Kabul, considerado un obstáculo para la captura del líder de Al-Qaeda, Osama Bin Laden y para la desarticulación de la estructura del grupo terrorista (Renaud, 2020).
La operación culminó con éxito el 5 de diciembre del 2001, destituyendo al régimen en Kabul, e instaurando los Acuerdos de Bonn, que establecían la creación de un gobierno provisorio en espera del proceso de institucionalización del país. Paralelamente se crearon las ISAF, una fuerza internacional de asistencia para la seguridad en Afganistán, encargada de garantizar la estabilidad necesaria para la reconstrucción del nuevo estado afgano (Renaud, 2020; Béjar, 2011).
Sin embargo, la Doctrina Bush y la necesidad de terminar con el terrorismo y la amenaza global, no cesaron, ya que en 2003, tras varias negativas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas invadió el país árabe con el objetivo de la destitución de Saddam Hussein, alegando a la posesión de armas letales y a que su posición como Estado canalla, implicaba serias amenazas para la paz y seguridad global (Rial y Salimena, 2023).
Veinte años después, la salida encontrada tras la aplicación de la política de seguridad tanto nacional como internacional fue ambigua, ya que fortaleció al advenimiento del neoconservadurismo, en conjunto con ideologías destinadas a la exclusión social, además del debilitamiento de las instituciones democráticas mediante el establecimiento de la ley patriótica. En nombre de la seguridad, se consolidó una ciudadanía vigilada y un clima social atravesado por el miedo, mientras que el sistema internacional se fragmentó ante la emergencia de estos nuevos actores no estatales, capaces de desequilibrar un orden global cada vez más inestable (Kandel en Instituto Montaigne, 2021; Przeworski, 2022).
- Reflexiones finales.
“La historia realmente acontecida siempre ha sido resultado de condiciones dadas de las que sólo vislumbramos algunas aristas, de lo que decidimos y hacemos y de eso que llamamos azar (y que seguramente estaba pero no supimos o no quisimos ver).” María Dolores Bejar.
El ataque al World Trade Center no solo impactó al distrito financiero de Nueva York, sino que alteró las percepciones de seguridad, vulnerabilidad y poder en el sistema internacional. El trauma colectivo que atravesó la sociedad estadounidense, se tradujo en transformaciones inmediatas en su idiosincrasia política, visibles en la promulgación de la Ley Patriótica y la consolidación de un aparato de control a la población y la restricción de los flujos migratorios. Estas medidas contribuyeron al auge de la ideología neoconservadora, que priorizó la homogeneidad social y securitización como fundamento de protección nacional.
El 11 de septiembre marcó también el quiebre del orden neoliberal que, durante en la década de los 1990, había impulsado la externalización y ampliación de los mercados, propiciando el debilitamiento de la matriz estadocéntrica. El debilitamiento del control estatal generó un vacío de poder que luego sería ocupado por grupos radicales islamistas, que mediante la violencia buscaban generar la “guerra santa” como forma de rechazo hacia las injerencias de Occidente.
La expansión del terror propició sociedades más herméticas, y Estados -en Occidente- más inclinados al control, al igual que la generación de un miedo en la sociedad conjunta, que clamó por más “seguridad” excusando su xenofobia en el miedo. La globalización y las aperturas comerciales se vieron cuestionadas, la pax americana generada tras la caída del bloque sovietico alcanzó su límite histórico. Paradójicamente, Estados Unidos terminó enfrentando consecuencias derivadas de su propio apoyo a los muyahidines en 1989 contribuyendo inadvertidamente al escenario que culminó décadas después.
El quiebre del orden neoliberal se profundizó con la intensificación del control y la flexibilización del uso de la fuerza, la reinterpretación del Derecho Internacional y la instalación del “ataque preventivo” como principio operativo, no solo causó el recrudecimiento de las injerencias norteamericanas, sino que además, incrementó la polarización ideológica, tanto con el neoconservadurismo y su racismo excusado, como del fortalecimiento de los grupos radicales islámicos, como señala Adam Przeworski “Esta crisis no es solo política: tiene raíces profundas en la economía y la sociedad. Y es eso lo que me resulta inquietante.” (2022; pág. 211).
El mundo posterior al 11 de septiembre se configuró como un espacio más fragmentado y menos tolerante. La crisis ideológica y de representación marcada por Estados debilitados, la emergencia de actores armados no tradicionales y el estallido de nuevos conflictos (como Siria, Yemen o Sudán, además del incremento de ataques terroristas) parece no tener una conclusión pacífica. El golpe al corazón del capitalismo, el 11 de septiembre, no solo inauguró un nuevo período en la sociedad internacional, sino que profundizó las tensiones entre seguridad y libertad, debilitando la democracia y reduciendo la pluralidad de voces en favor de un clima de miedo, polarización y segmentación social.
La historia lejos de ofrecer un final, parece avanzar entre un sinfín de cambios y continuidades, entre estructuras que se derrumban y otras que emergen. Tal como advierte Bejar, apenas alcanzamos a ver algunas de sus aristas (2011, pág. 460).
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